Sobre el Diálogo
David
Bohm, Editorial Kairós
Estos fragmentos los he seleccionado ya
que considero que expresan y comunican de forma básica y mundana un
conocimiento y experiencia preciosa para el proceso de toma de conciencia de
los procesos del pensamiento individual y colectivo.
Lectura 1
- SOBRE LA COMUNICACIÓN
En las últimas
décadas, la moderna tecnología, con ayuda de la radio, la televisión, los
viajes en avión y los satélites, ha establecido una red que permite la
comunicación casi instantánea entre todas las regiones del mundo.
Paralelamente, sin embargo, también existe, en este mismo momento histórico, la
sensación global de que la comunicación está deteriorándose progresivamente.
Apenas es posible que, quienes viven en naciones diferentes y se hallan
sometidos a sistemas económicos y políticos distintos, puedan comunicarse sin
caer en el enfrentamiento. Y esta misma incapacidad de comunicación se
reproduce, dentro de cada nación, entre los miembros de clases sociales y
grupos económicos y políticos distintos. De hecho, hasta se habla de la
existencia de un «abismo generacional» que dificulta la comunicación profunda
entre los jóvenes y los adultos pertenecientes a un mismo grupo social. Además,
en el seno de las escuelas y de las universidades, los alumnos sienten que sus
profesores les atosigan con un exceso de información que sospechan irrelevante
para la vida real. Y la radio, la televisión, los periódicos y las revistas,
por último, nos muestran, en el mejor de los casos, una visión abrumadora de
imágenes fragmentarias y triviales carentes de relación; y, en el peor de
ellos, se convierten en una angustiosa fuente de confusión y desinformación.
La insatisfacción con este estado de
cosas ha creado la necesidad de resolver lo que hoy se conoce como «el problema
de la comunicación». Y, si observamos los esfuerzos realizados para tratar de
resolver este problema, no podremos dejar de advertir que los distintos grupos
encargados de acometer esta tarea son incapaces de escucharse entre sí y que el
mismo intento de mejorar la comunicación termina generando más confusión
todavía, con la consecuente frustración que no aumenta la comprensión y la
confianza sino que acentúa todavía más la agresividad y la violencia.
No estaría, pues, de más, teniendo en
cuenta el deterioro progresivo de la comunicación —un deterioro que se ve
acelerado, por cierto, por los mismos esfuerzos realizados para tratar de
solucionar el problema—, que nos detuviéramos a considerar la posibilidad de
que este tipo de dificultades se originase en alguna sutileza que suela escapar
a nuestra formulación habitual. ¿No es acaso posible que nuestra forma de
pensar sobre la comunicación y de hablar sobre ella constituya precisamente uno
de los factores que nos impiden tomar conciencia de las posibles acciones
inteligentes que pueden poner fin a estas dificultades?
Quizás fuera útil abordar este tema
considerando el significado etimológico de la palabra «comunicación», un
término que se deriva del latín commune y del sufijo ie —similar a fíe-
que significa «hacer». Uno de los significados, pues, del término «comunicar»
es el de «hacer común», es decir, la transmisión de información o de
conocimiento entre una persona y otra del modo más exacto posible, un
significado que puede aplicarse a una amplia gama de contextos. Desde este
punto de vista, una persona puede comunicar a otra tanto una serie de
directrices como los pasos a seguir para llevar a cabo una determinada
operación (la mayor parte de la industria y de la tecnología opera en base a
este tipo de comunicación).
Pero esta acepción del término
«comunicación» no agota todos sus posibles significados. Consideremos, por
ejemplo, el caso del diálogo, un caso en el que, con demasiada frecuencia, el
receptor del mensaje no suele entender exactamente lo mismo que pretendía
transmitir el emisor. En tal caso, el significado recibido no es idéntico sino
tan sólo similar al emitido. Asi pues, cuando la segunda persona responde, la
primera se da cuenta de la diferencia existente entre lo que el queria decir y
lo que la otra ha comprendido. Pero el hecho es que la toma de conciencia de
esa diferencia nos permite constatar la presencia de algo nuevo y relevante
para todos los implicados. De este modo,
el movimiento de ida y vuelta de la información favorece la emergencia continua
de un nuevo contexto común, en cuyo caso el diálogo puede Servin no sólo para
hacer comunes ciertas ideas o ítems de información que ya son conocidos, sino
tambien para hacer algo en común, es decir, para crear conjuntamente algo
nuevo.
Pero es evidente que la comunicación
sólo puede crear algo nuevo si las personas son capaces de escucharse sin
prejuicios y sin tratar de imponerse nada. Cada participante debe comprometerse
con la verdad y la coherencia, sin temor a renunciar a las viejas ideas e
intenciones, y estar dispuesto a enfrentarse a algo diferente cuando la
situación lo requiera. Cuando, por el contrario, la única intención de los
implicados es la de transmitir determinadas ideas o puntos de vista, como si se
tratara de ítems de información, estarán inevitablemente condenados a fracasar
porque, en tal caso, escucharán a los demás a traves del filtro de sus propios
pensamientos y tenderán a mantenerlos y a defenderlos, independientemente de su
verdad y de su coherencia. Y este tipo de comunicación terminará generando la
confusión propia de los insolubles «problemas de comunicación» que
anteriormente hemos señalado. Es
evidente que este tipo de comunicación es necesaria para todas las facetas de
la vida. Así pues, para que las personas lleguen a cooperar (lo cual significa,
literalmente, «trabajar juntos») deben ser capaces de ir más allá de la mera
transmisión de datos de una persona (que actúa como autoridad) a otras (que
actúan como instrumentos pasivos de esa autoridad) y crear algo en común, algo
que vaya tomando forma a lo largo de sus discusiones y sus acciones mutuas.
Es evidente que, para vivir en armonía
con nosotros mismos y con la naturaleza, debemos ser capaces de participar
libremente de un movimiento creativo en el que nada permanece fijo y nadie se
aferra a sus propias ideas. ¿Pero por qué resulta tan difícil crear este tipo
de comunicación?
Ésta es una pregunta muy compleja y muy
sutil, pero tal vez pudiéramos señalar que, cuando uno llega a hacer algo al
respecto (no sólo hablar o pensar sobre ello), tiende a creer que ya está
escuchando adecuadamente. De este modo, es como si el problema radicara en los
prejuicios y en la incapacidad de escuchar ajenos. No resulta difícil, después
de todo, darse cuenta de los «bloqueos» de los demás ante ciertas preguntas, de
su incapacidad para cuestionar sus creencias más queridas y de su forma de
eludir las contradicciones más patentes.
La misma naturaleza de este «bloqueo»,
sin embargo, evidencia nuestra insensibilidad y «anestesia» ante las propias
contradicciones y la importancia, en consecuencia, de tomar conciencia de
nuestros «bloqueos». Si uno permanece despierto y atento, no tardará en darse
cuenta de que ciertas preguntas desencadenan sensaciones fugaces de miedo (que
nos alejan de determinados cuestionamientos) o de placer (que atraen a nuestro
pensamiento y nos apartan del tema). No resulta, pues, tan extraño que uno se
mantenga alejado de lo que crea que puede perturbarle y que, en consecuencia, en
lugar de escuchar lo que dice otra persona, no haga más que defender sus
propias ideas.
¿Podemos ser conscientes, cuando nos
reunimos para hablar o para llevar a cabo alguna actividad común, de esas
efímeras sensaciones de placer y de miedo que «bloquean» nuestra capacidad de
escuchar libremente? Poco sentido tiene, en ausencia de este tipo de
conciencia, el intento de escuchar la totalidad de lo que se dice. Si cada uno
de nosotros fuera plenamente consciente de lo que realmente está «bloqueando»
la comunicación cuando se presta atención al contenido de lo que se comunica,
tal vez pudiéramos ser capaces de crear algo nuevo entre nosotros, algo
esencial para poner fin a los acuciantes problemas que actualmente asedian al
individuo y a la sociedad.
Lectura 2
2. Sobre el
Diálogo
En mi opinión, el significado del
término «diálogo» es algo distinto del que suele atribuírsele. El origen
etimológico de las palabras suele servir de ayuda para comprender su
significado y, en este sentido, el término «diálogo» proviene de la palabra
griega dialogos, una palabra compuesta de la raíz logos, que significa
«palabra» (o, en nuestro caso, «el significado de la palabra») y el prefijo
dia, que no significa «dos» sino «a través de». El diálogo no sólo puede tener
lugar entre dos sino entre cualquier número de personas e incluso, si se lleva
a cabo con el espíritu adecuado, una persona puede llegar a dialogar consigo
misma. La imagen que nos proporciona esta etimología sugiere la existencia de
una corriente de significado que fluye entre, dentro y a través de los
implicados. El diálogo hace posible, en suma, la presencia de una corriente de
significado en el seno del grupo, a partir de la cual puede emerger una nueva
comprensión, algo creativo que no se hallaba, en modo alguno, en el momento de
partida. Y este significado compartido es el «aglutinante», el «cemento» que
sostiene los vínculos entre las personas y entre las sociedades.
Comparemos esto con el significado de
la palabra «discusión», un término que tiene la misma raíz que las palabras
«percusión» y «concusión», y cuyo significado es disgregar. El término
«discusión» subraya la idea de análisis, de personas que sostienen puntos de
vista diferentes y que, en consecuencia, conciben y desmenuzan las cosas
también de modo distinto, lo cual, obviamente, tiene su importancia, pero
resulta limitado y no nos permite trascender la divergencia de puntos de vista.
En este sentido, la discusión se asemeja al pimpón en que las ideas van y
vienen y en que el objetivo es ganar o conseguir el mayor número de tantós
posible. Tal vez, en un juego de estas características, se apele a las ideas de
alguien para respaldar las propias, pero el objetivo, en cualquiera de los
casos, es vencer. Éstos son, al menos, los cauces por los que habitualmente
suele discurrir una discusión.
El espíritu del diálogo, sin embargo,
es completamente diferente porque, en él, nadie trata de ganar y, si alguien
gana, todo el mundo sale ganando. En el diálogo no se trata de obtener más
puntos ni de hacer prevalecer una determinada perspectiva porque, cuando se
descubre un error, todo el mundo sale ganando. El diálogo es un juego al que
podríamos calificar como «ganar-o-ganar» (a diferencia de lo que ocurre en la
discusión, un juego del tipo «yo-gano-tú-pierdes»). Pero el hecho es que el
diálogo es algo más que una participación común en la que no estamos jugando
contra los demás sino con ellos.
Es evidente, pues, que la mayor parte
de lo que suele denominarse «diálogo» no tiene nada que ver con mi acepción del
término. Los miembros de las Naciones Unidas, por ejemplo, afirman sostener
diálogos, pero qué duda cabe de que se trata de diálogos muy limitados que se
asemejan mucho más a las discusiones —o a las transacciones comerciales— que a
los auténticos diálogos. En tales diálogos los participantes no están realmente
dispuestos a cuestionar sus creencias fundamentales y, por tanto, lo único que
hacen es negociar cuestiones secundarias como, por ejemplo, quién tiene más o
menos armas nucleares, pero el hecho fundamental de la existencia de dos
sistemas diferentes jamás ha sido seriamente cuestionado. Es como si se diera
por sentado que ése es un tema incuestionable y, en consecuencia, resulta
irresoluble. Por ello este tipo de planteamientos no son serios, no son
profundamente serios, como tampoco lo es gran parte de lo que solemos denominar
«discusión», en el sentido de que hay demasiadas cosas incuestionables y no
negociables de las que nadie quiere hablar. Eso, pues, también forma parte de
nuestro problema.
Ahora bien, ¿por qué es necesario del
diálogo? Si la gente tiene dificultades para comunicarse aun en el seno de un
pequeño grupo, qué no ocurrirá en un grupo de unas treinta o cuarenta personas,
a menos que haya un propósito definido o que alguien se encargue de encauzarlo.
Esto es así porque cada uno de los participantes sostiene creencias y opiniones
diferentes. Y no se trata de creencias superficiales sino de creencias básicas,
creencias que giran en torno a cuestiones realmente fundamentales como, por
ejemplo, el sentido de la vida, los propios intereses, los intereses de su país
o los intereses religiosos, es decir, todo aquello que uno piensa que es
importante.
Y es que la gente no suele tolerar
fácilmente el cuestionamiento de sus creencias más profundas y suele
defenderlas con una gran carga emocional. El hecho es que albergamos todo tipo
de creencias, no sólo creencias políticas, económicas y religiosas, sino
también creencias sobre lo que pensamos que debería hacer un individuo, sobre
el significado de la vida, etcétera.
También podríamos denominar «opiniones»
a las creencias. La palabra «opinión» tiene diversas acepciones, pero una
opinión es fundamentalmente una suposición. Cuando un médico, por ejemplo,
expresa su opinión, está manifestando la mejor suposición que puede hacer
basándose en las evidencias de que dispone. Tal vez entonces, si se trata de un
buen médico y no se empeña en defender su postura, agregue: «Pero, como no
estoy completamente seguro, lo mejor será que busquemos una segunda opinión».
Y, en el caso de que esta segunda opinión discrepe de la suya, no reaccionará
enfurecido —como lo hizo quien saltó ante el comentario sobre el sionismo—
diciendo: «¿Cómo se atreve usted a decir eso?». Este tipo de opinión sería un
buen ejemplo de una opinión racional pero, lamentablemente, la mayor parte de
las opiniones no caen dentro de esta cate- goría sino que son defendidas a capa
y espada porque la persona se halla identificada con ellas y tiene demasiados
intereses a ese respecto.
El hecho es que el diálogo no sólo está
sometido a la presión de nuestras creencias sino también de todo lo que se
encuentra detrás de ellas.
Lectura 3
El diálogo y
el pensamiento
Es importante
que nos demos cuenta de que nuestras opiniones son el resultado del pensamiento
pasado, de todas nuestras experiencias, de lo que otras personas han dicho o
han dejado de decir. Y todo eso se halla inscrito en el programa de nuestra
memoria. Podemos, pues, identificamos con esas opiniones y reaccionar para
defenderlas, aunque tal cosa carezca de sentido porque, si nuestra opinión es
correcta, no necesitamos de tal reacción y ¿para qué habríamos de defenderla si
estuviéramos equivocados? Sin embargo, cuando nos identificamos con nuestras
creencias, no nos queda más remedio que defenderlas porque, en tal caso,
experimentamos el ataque a nuestras creencias como una agresión personal. En
tal caso, las opiniones tienden a ser experimentadas como «verdades», aunque
sólo sean creencias sostenidas por usted y su entorno. Puede tratarse de
creencias que nos ha transmitido un profesor, la familia, alguna lectura o lo
que fuere pero, por una u otra razón, nos hemos identificado con ellas y nos
sentimos en la obligación de defenderlas.
El verdadero objetivo del diálogo es el
de penetrar en el proceso del pensamiento y transformar el proceso del
pensamiento colectivo. Ciertamente, no hemos prestado mucha atención al
pensamiento como proceso. Hemos participado del pensamiento y hemos prestado
atención al contenido, pero no al proceso. ¿Y por qué deberíamos prestar
atención al proceso del pensamiento? Porque, en realidad, todo requiere
atención y hasta si manejamos una máquina sin prestarle la atención debida,
terminaremos estropeándola. El pensamiento también es un proceso y, en consecuencia,
exige toda nuestra atención, de otro modo terminaremos utilizándolo
inadecuadamente.
Veamos ahora algunos ejemplos de las
dificultades del pensamiento. Una de ellas es la tendencia a la fragmentación.
Todas las divisiones que hacemos se originan en el pensamiento, ya que el
mundo, de hecho, es de una sola pieza. Somos nosotros quienes seleccionamos
ciertas cosas, las separamos de otras y terminamos dando importancia a esa
separación. Es nuestro pensamiento el que establece las fronteras entre las
naciones y el que otorga una importancia suprema a esa separación. También es
nuestro pensamiento el que divide a las religiones y el que establece las
diferencias existentes en el seno de la familia. La estructura de la familia se
debe a la forma en que pensamos sobre ella.
La fragmentación, una de las
dificultades fundamentales del pensamiento, se asienta en una raíz más profunda
porque, aunque creamos que no estamos haciendo nada en especial y que
simplemente estamos describiendo las cosas como son, el hecho es que el proceso
de nuestro pensamiento es muy activo. Casi todo lo que nos rodea, casi todo lo
que podemos mencionar —los edificios, las fábricas, las granjas, los caminos,
las escuelas, las naciones, la ciencia, la tecnología, la religión, etcétera—
ha sido creado por el pensamiento. El problema ecológico que asola a nuestro
mundo se debe al pensamiento, porque creemos que el mundo está aquí para
explotarlo, creemos que es inagotable y que podemos hacer todo lo que queramos
porque la contaminación terminará diluyéndose.
Cuando nos damos cuenta de la
existencia de un «problema», la polución, el dióxido de carbono o lo que fuere,
solemos decir: «Tenemos que resolver este problema». Pero el hecho es que la
forma en que opera nuestro pensamiento está generando de continuo no sólo ese
problema concreto sino todo tipo de problemas. Si creemos que el mundo está a
nuestro servicio seguiremos explotándolo de una u otra manera y no haremos más
que trasladar el problema a otra parte. Y, si no afrontamos adecuadamente las
cosas, tal vez solucionemos el problema de la contaminación pero terminemos
generando otro. La ingeniería genética, por ejemplo, puede solucionar
determinados problemas, pero si la tecnología ordinaria genera tantos
problemas, qué no ocurrirá si seguimos pensando del mismo modo con una
tecnología tan sofisticada. Si no estamos suficientemente atentos, las personas
terminarán recurriendo a la ingeniería genética para llevar a cabo cualquiera
de sus más desbocadas fantasías.
El hecho es que el pensamiento —aunque
afirme que no ha estado activo— tiene sus efectos y que algunos de ellos son
muy importantes y valiosos. El pensamiento, por ejemplo, dio lugar a las
naciones y otorga un valor supremo al concepto de nación. Y lo mismo podríamos decir
con respecto a la religión. Pero todo ello interfiere con la libertad de
pensamiento porque el pensamiento de que la nación es lo más importante nos
condicionará a seguir pensando del mismo modo. En tal caso, haremos todo lo
posible para que todo el mundo piense lo mismo que nosotros sobre la nación, la
religión, la familia o cualquier otra cosa a la que atribuyamos un valor
supremo. Y además pondremos también todo nuestro empeño en defenderlo.
Pero no es posible defender algo sin
pensar antes en la defensa y, para ello, tendremos que dejar de lado todos
aquellos pensamientos que pongan en tela de juicio lo que tanto deseamos
defender, lo cual puede conducir fácilmente al autoengaño, a eludir muchas
cosas diciendo que son incorrectas, a distorsionar otras, etcétera. El
pensamiento defiende con uñas y dientes sus creencias fundamentales ante
cualquier evidencia de que pueda estar equivocado.
Así pues, para hacer frente a esta
situación, que se origina en el pensamiento, debemos prestar mucha atención al
proceso del pensamiento. Normalmente, cuando tenemos un problema solemos decir:
«Tengo que pensar en la forma de resolverlo», pero lo que yo estoy diciendo es
que el pensamiento mismo es el problema. ¿Qué es, pues, lo que, en tal caso,
deberíamos hacer? Convendría comenzar considerando la existencia de dos tipos
de pensamiento, el pensamiento individual y el pensamiento colectivo. Es cierto
que, individualmente, puedo pensar en varias cosas, pero la mayor parte de
nuestro pensamiento procede de nuestro sustrato colectivo. El lenguaje es
colectivo y también lo son la mayoría de nuestras creencias básicas (incluidas
las creencias sobre el funcionamiento de nuestra sociedad, sobre la forma en
que se supone que deben ser las personas, las relaciones, las instituciones,
etcétera). Debemos, por tanto, prestar atención tanto al pensamiento individual
como al pensamiento colectivo.
Lectura 4
En el diálogo, las personas procedentes
de sustratos distintos suelen sostener creencias y opiniones fundamentalmente diferentes.
Es muy probable que, en el seno de cualquier grupo, descubramos opiniones y
creencias muy dispares de las que no siempre somos conscientes. Se trata, en
suma, de una cuestión cultural, porque toda cultura —y también toda subcultura
(que varía en función del grupo étnico, la situación económica, la raza, la
religión y muchos otros factores)— se basa en una serie de creencias y
opiniones. Es comprensible, pues, que las personas procedentes de culturas, o
subculturas, diferentes sostengan opiniones y creencias también distintas, y
que, aunque no las comprendan plenamente, tiendan a reaccionar defensivamente
ante cualquier evidencia de que son erróneas o simplemente a defenderlas ante
cualquier opinión adversa.
Pero si defendemos de ese modo nuestras
opiniones, el diálogo resultará imposible. Con excesiva frecuencia solemos
defender nuestras opiniones sin que ésa sea siquiera nuestra intención
consciente. Tal vez, en determinadas ocasiones, podamos ser conscientes de
estar defendiendo una creencia, pero lo cierto es que la mayor parte de las
veces lo hacemos sin apenas darnos cuenta de ello y simplemente sentimos que se
trata de algo tan evidente que no podemos por menos que tratar de convencer a
la persona que tan estúpidamente disiente de nosotros.
Ahora bien, lo que nos parece la cosa
más natural del mundo, nos parecerá también inevitable, pero no tardaremos en
darnos cuenta, si nos detenemos a reflexionar al respecto, de que realmente no
es posible organizar una buena sociedad sobre esa base. Ésa, al menos, es la
forma en la que supuestamente funciona la democracia. Pero lo cierto es que no
es así, porque el hecho de defender una opinión aboca a una lucha de opiniones
en la que quien gana no es quien más razón tiene —puesto que incluso puede darse
el caso de que todo el mundo esté equivocado— sino quien más poder ostenta. Así
pues, cuando tratamos de hacer las cosas juntos no siempre las hacemos del
mejor modo posible.
Nuestras creencias y nuestros intereses
lo impregnan todo y, sin el menor ánimo de juzgar a nadie, debemos decir que
las creencias y las opiniones son como programas de ordenador en la mente de
las personas, programas que tienen sus propias intenciones y que pueden asumir
una dirección opuesta a la de la mejor de nuestras intenciones.
Como ya hemos visto, el pensamiento
individual es, en gran medida, el resultado del pensamiento colectivo y de
nuestra interacción con los demás. El lenguaje, por ejemplo, es algo colectivo
y lo mismo ocurre con la mayor parte de nuestros pensamientos. Todo el mundo
hace su contribución al pensamiento, pero lo cierto es que son pocos los que
llegan a transformarlo. El poder de un grupo es muy superior al de las personas
que lo componen. En algunas ocasiones he llegado a compararlo con el poder del
láser. La luz ordinaria es «incoherente» en el sentido de que, en ella, el haz
de fotones se mueve en todas direcciones y las ondas luminosas se hallan
desfasadas. Pero el láser, por su parte, produce un rayo de luz coherente tan
intenso —porque las ondas luminosas se dirigen en la misma dirección— que puede
hacer cosas imposibles para la luz ordinaria.
Así podríamos decir también que
funciona el pensamiento ordinario de nuestra sociedad, un pensamiento
«incoherente» Porque se dirige en todas direcciones y los pensamientos
contradictorios terminan anulándose entre sí. Pero, en mi opinión si las
personas pensaran en conjunto de un modo «coherente», ese pensamiento tendría
un poder inmenso. Si mantenemos una situación de diálogo —un grupo que dialogue
lo suficiente como para conocerse bien unos a otros— podríamos lograr ese
movimiento coherente del pensamiento y de la comunicación. Y sería coherente no
sólo a un nivel fácilmente reconocible, sino también —y esto es lo más
importante— a un nivel tácito, a un nivel del que sólo tenemos una vaga
sensación.
Lo «tácito» es lo inexpresable, lo que
no puede ser descrito, como, por ejemplo, el conocimiento necesario para ir en
bicicleta. Se trata de un conocimiento real, de un conocimiento que puede ser
coherente o puede no serlo. En mi opinión, el pensamiento es, en realidad, un
proceso tácito sutil, un proceso concreto sumamente tácito. El significado es
esencialmente tácito y lo que expresamos constituye tan sólo una mínima parte
de él. No es difícil comprender que casi todo lo que hacemos se deriva de este
tipo de conocimiento tácito. El pensamiento emerge de un sustrato tácito y
cualquier cambio fundamental en el pensamiento procede de ahí, de modo que, si
nos comunicamos a nivel tácito, tal vez podamos cambiar nuestro pensamiento.
El proceso tácito es común y
compartido. Y no sólo compartimos la comunicación explícita, el lenguaje
corporal y demás, sino que también compartimos un proceso tácito común mucho
más profundo. Creo que la especie humana supo esto hace millones de años y ha
terminado olvidándolo tras cinco mil años de civilización porque nuestras
sociedades se han tornado demasiado grandes como para poder llevarlo a cabo.
Pero hoy en día hemos comenzado a experimentar la urgente necesidad de
comunicarnos y recuperar esa faceta. Para poder actuar de manera inteligente
cuando sea necesario tenemos que compartir nuestra conciencia y ser capaces de
pensar en conjunto. Si nos damos cuenta de lo que sucede en el diálogo de un
grupo 1 comprenderemos la esencia de lo que ocurre en nuestra sociedad. Y esto
es algo que no podemos apreciar a solas ni tampoco en el contexto de un diálogo
con otra persona.
Lectura 5
Suspender las
creencias
Lo que estoy diciendo es que las
personas llevan consigo sus creencias a los grupos, que esas creencias
terminarán por salir a la superficie y que no hay que tratar de evitarlas ni
suprimirlas —sin creer ni dejar de creer en ellas, sin juzgarlas corno buenas o
malas— sino sólo ponerlas en suspenso. Es frecuente que, cuando nos sintamos
enojados, reaccionamos externamente y lleguemos incluso a decir algo
desagradable. Supongamos, no obstante, que en lugar de hacer tal cosa, tratamos
de poner en suspenso nuestra reacción, es decir, no sólo dejar de agredir
externamente, de una u otra forma, a la persona con quien nos hayamos enojado,
sino atajar incluso cualquier tipo de insulto interno. De modo que también es
necesario interrumpir nuestra reacción interna, distanciarnos de ella y
observarla, dejándola suspendida frente a nosotros y observándola como si se
tratara del reflejo que nos devuelve un espejo. De este modo, podemos llegar a
ver cosas que no podríamos percibir en el caso de haber dado rienda suelta al
enfado o de haber tratado de suprimirlo diciéndonos cosas tales como, por ejemplo,
«no estoy enfadado» o «no debiera estar enfadado».
De esta manera, el grupo puede terminar
convirtiéndose en el espejo en el que se refleja cada uno de los participantes.
Nosotros servimos de espejo a los demás y ellos se convierten en el nuestro.
Abordar este proceso globalmente resulta muy útil para tomar conciencia de lo
que está ocurriendo, ya que entonces podemos comprobar que todo el mundo se
halla en la misma situación.
Es necesario advertir la relación
existente entre los pensamientos, las sensaciones corporales y las emociones
que se presentan durante el diálogo. Si observamos detenidamente el lenguaje
corporal y el lenguaje verbal, podremos constatar que todo el mundo se halla en
la misma situación... sólo que, aveces en lados opuestos. El grupo puede llegar
incluso a polarizarse en subgrupos abiertamente enfrentados. Y conviene
subrayar que no se trata tanto de suprimir este enfrentamiento como de permitir
que aflore a la superficie.
Por consiguiente, uno simplemente
observa el significado de las creencias y reacciones tanto propias como ajenas.
Nuestra intención no es cambiar la opinión de nadie, aunque tal vez, cuando la
reunión haya concluido, alguien pueda haber cambiado de opinión. Esto forma
parte precisamente de mi visión del diálogo, que la gente se dé cuenta de lo
que hay en su propia mente y en la mente de los demás sin adelantar ningún tipo
de conclusión o de juicio. Las creencias terminan aflorando a la superficie y,
si escuchamos que alguien sostiene una opinión que parece amenazarnos, nuestra
respuesta natural suele ser enfadarnos, desasosegarnos o reaccionar de una u
otra manera. Tal vez ni siquiera sepamos que sostenemos una determinada
creencia; por eso, cuando ponemos en suspenso nuestras reacciones podemos
darnos cuenta de su presencia por el efecto que provoca en nosotros una
creencia opuesta que experimentamos amenazadoramente. Debemos, pues,
suspenderlas todas y observarlas detenidamente para averiguar su significado.
Es preciso advertir nuestras propias
reacciones de hostilidad o lo que fuere, y ver también, a través de su
comportamiento cuáles son las reacciones de los demás. Así es como podemos
llegar a descubrir, por ejemplo, en el caso del enojo, que el clima de la
reunión va caldeándose. Si tal cosa ocurre, quienes no estén completamente
atrapados en sus opiniones particulares deberían tratar de reducir la tensión
para que todo el mundo pudiera darse cuenta de lo que está sucediendo y
desarticular, de ese modo, una escalada que puede terminar imposibilitando la
observación. El secreto está en mantenerse en un nivel en el que las opiniones
puedan expresarse manteniendo, sin embargo, la posibilidad de observarlas.
Entonces estaremos en condiciones de darnos cuenta de que la hostilidad de los
demás estimula la nuestra. La suspensión, pues, forma parte integral del
proceso de observación y nos permite familiarizarnos con el modo en que opera
nuestro pensamiento.
Lectura 6
La
propiocepción del pensamiento
La propuesta de abordar el tema del
diálogo prestando atención al pensamiento tal vez pueda parecer algo elemental,
pero el hecho es que en él se asienta la raíz de nuestros problemas y que
también, por tanto, el camino que puede conducir a una transformación creativa.
Como ya hemos dicho anteriormente, lo
que funciona mal en el pensamiento es que hace cosas y después dice que no las
ha
hecho y afirma
que los «problemas» ocurren independientemente de él. Pero mientras sigamos
pensando de ese modo el «problema» seguirá siendo insoluble porque estaremos
suscitándolo de continuo. La única forma de desarticular los «problemas»
consiste en dejar de pensar de ese modo. El pensa-1 miento, en suma, debe
tornarse consciente de sus consecuencias, algo que, por el momento, no ocurre.
Estamos hablando, en este sentido, de un concepto similar a la noción
neurofisiológica denominado propiocepción, que significa «percepción de uno
mismo». El cuerpo, por ejemplo, es capaz de percibir su propio movimiento, ya
que, cuando nos movemos, nos damos cuenta de la relación entre nuestra
intención y nuestra acción y entre el impulso a moverse y el movimiento mismo.
Si careciéramos de propiocepción, el cuerpo no podría funcionar.
Conocemos el caso de una mujer que
tenía dañado su sistema nervioso sensitivo —pero no así su sistema motor—, y
que despertó súbitamente en medio de la noche creyendo que alguien la atacaba,
pero que, cuando encendió la luz, se dio cuenta de que se estaba golpeando a sí
misma. Corno no tenía la posibilidad de saber que era ella quien se estaba
golpeando, había creído erróneamente que alguien estaba agrediéndola y, cuanto
más trataba de defenderse de su supuesto «agresor», con más fuerza se agredía.
En ausencia, pues, de propiocepción, no podemos percatamos de la relación
existente entre la intención de movernos y el resultado de nuestro movimiento,
algo que sólo pudo recuperarse, en el caso que acabamos de mencionar, cuando se
encendió la luz de la habitación.
¿Es posible que el pensamiento pueda
tornarse propioceptivo? Por lo general, no somos conscientes de tener la
intención de pensar. Pero uno piensa porque tiene la intención de hacerlo, una
intención que se deriva, por otra parte, de la idea de que es necesario pensar
porque existe un problema. Si prestamos la debida atención, sin embargo,
podremos llegar a percibir la intención y el impulso que nos lleva a pensar;
luego podremos darnos cuenta de la aparición de un pensamiento, que puede
suscitar, a su vez, un sentimiento, que dé origen a una nueva intención de
pensar, y así sucesivamente. Normalmente no somos Conscientes de la existencia
de todo este proceso y es por ello que parece que los pensamientos y los
sentimientos brotaran de la nada. Pero ésta, al igual que ocurría en el caso de
la mujer que recién comentábamos, es una interpretación errónea. Así pues, un
determinado pensamiento puede dar lugar a un sentimiento desagradable del que
poco después digamos que «he conseguido librarme».., pero el hecho es que el
pensamiento sigue todavía operando, especialmente en el caso de que se trate de
un pensamiento que nos parezca absolutamente necesario.
En realidad, los problemas que nos
ocupan se originan precisamente en la falta de propiocepción. El objetivo de la
suspensión consiste en posibilitar la propiocepción, crear un espejo en el que
podamos contemplar los resultados de nuestro pensamiento. Se trata de algo que
está en nuestro interior porque nuestro cuerpo actúa como un espejo que nos
permite advertir las tensiones que aparecen en él. Pero los demás —el grupo—
también son un espejo en el que podemos percibir nuestras propias intenciones,
en cuyo caso, uno tiene el impulso que le lleva a decir algo e inmediatamente
tiene la posibilidad de darse cuenta de las consecuencias de su acción.
Si prestáramos la atención debida,
podríamos dar paso a un nuevo tipo de comunicación y de pensamiento —tanto
interpersonal como intrapersonal— que fuera propioceptivo, algo que no es
posible en el caos en el que suele desenvolverse habitualmente el pensamiento
no propioceptivo. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la práctica
totalidad de los problemas de la especie humana se originan en la ausencia de
propiocepción del pensamiento. Es precisamente por ello que el pensamiento crea
constantemente «problemas» y luego trata de resolverlos aunque, en tal caso, no
hace más que empeorados porque no se percata de que es él mismo quien los está
originando y de que, cuanto más piensa, más problemas crea, porque no se da
cuenta de lo que hace. Si nuestro cuerpo careciera de propiocepción no
tardaríamos en encontrarnos en una situación completamente insostenible y lo
mismo ocurre en el caso de nuestra cultura. Éste es, pues, otro de los modos en
los que el diálogo puede ayudarnos a poner en funcionamiento un nuevo tipo de
conciencia colectiva.
Lectura 7
La
participación colectiva
Todo lo que estamos considerando forma
parte del pensamiento colectivo, de aquello que la gente piensa en común. Si
compartimos nuestras opiniones sin hostilidad seremos capaces de pensar juntos,
algo imposible, por otra parte, cuando nos limitamos a defender nuestras
opiniones. Un ejemplo de este tipo de pensamiento colectivo podría ser que
alguien tuviera una idea, que otra persona la formulase y que una tercera
terminase desarrollándola. No se trataría, en tal caso, de un grupo de personas
que sustentan pensamientos diferentes tratando de persuadirse o de convencerse
entre sí, sino que el pensamiento sería como una corriente que fluiría entre
todos los participantes.
Al comienzo, la gente desconfía de los
demás pero creo que, en la medida en que advierten la importancia del diálogo,
perseveran en él, van conociéndose y empiezan a confiar entre sí. Este proceso,
evidentemente, puede llevar su tiempo. Todo grupo de estas características es
un microcosmos de la sociedad, en el sentido de que engloba todo tipo de
opiniones y de que todo el mundo desconfía de los demás. Es natural, por tanto,
que, cuando uno se integre en un grupo, porte consigo todos los problemas de la
cultura y de la sociedad. Al comienzo, pues, la desconfianza hace que la gente
hable de forma un tanto superficial y luego, en la medida en que van
conociéndose, vayan profundizando poco a poco.
El objetivo del diálogo no consiste en
analizar las cosas, imponer un determinado argumento o modificar las opiniones
de los demás, sino en suspender las propias creencias y observarlas, escuchar
todas las opiniones, ponerlas en suspenso y darnos cuenta de su significado.
Porque, cuando nos demos cuenta del significado de nuestras opiniones, seremos
capaces de compartir un contenido común, aun cuando no estemos completamente de
acuerdo. Entonces resultará evidente que nuestras Opiniones están basadas en
creencias y no son tan importantes. Entonces podremos avanzar creativamente en
una dirección diferente. Tal vez podamos comenzar a compartir la toma de
conciencia de los significados y, a partir de ahí, la verdad surgirá sola sin
que nosotros la hayamos elegido.
Si todos los presentes dejaran en
suspenso sus opiniones, todos estaríamos haciendo lo mismo, estaríamos
observando juntos y el contenido de nuestra conciencia sería esencialmente el
mismo. Consecuentemente, es posible que se despierte un tipo diferente de
conciencia, una conciencia participativa —aunque, de hecho, la conciencia
siempre lo sea— que sea capaz de reconocerse y asumirse libremente como tal.
Entonces todo fluirá entre nosotros y cada participante compartirá y
participará del significado del grupo. Esto es lo que yo denomino un auténtico
diálogo.
Algo muy importante ocurrirá, pues, si
podemos hacer esto y llevarlo adelante. En tal caso, todo el mundo compartirá
sus creencias con el grupo y, si todos observan juntos el significado de esas
creencias, el contenido de su conciencia será esencialmente el mismo. Si, por
el contrario, cada uno sostiene creencias diferentes y se limita a defenderlas,
cada uno advertirá un significado diferente, porque no habremos tenido en
cuenta las creencias de los demás, de modo que las combatiremos o las
rechazaremos tratando de convencerles o de persuadirles de las nuestras.
Pero dialogar es una cosa y convencer o
persuadir, dos términos que tienen un significado muy similar, otra muy
diferente. El término «convencer» —que significa ganar— y la palabra
«persuadir» —que se origina en la misma raíz que «suave»— tienen también un
significado parecido. La gente intenta, en ocasiones, persuadir —con palabras
suaves— o convencer —con palabras más duras—, pero ambas alternativas vienen a
ser, a fin de cuentas, semejantes y ninguna de ellas tiene una especial
relevancia para el diálogo. De hecho, el intento de persuadir o de convencer a
alguien carece de todo sentido, no es nada coherente ni racional ya que, si
algo es correcto, no es preciso persuadir a nadie y si alguien tiene que
persuadirnos, debe ser porque existe alguna duda al respecto.
Si tuviéramos un significado común,
podríamos compartirlo, del mismo modo que compartimos una comida. Entonces
participaríamos, formaríamos parte y también crearíamos un significado común.
Ése es el auténtico significado del término participación, que significa tanto
«compartir» como «formar parte», lo cual sugiere la posibilidad de crear una
mente común que admita la diversidad de opiniones y que no excluya, de ningún
modo, al individuo.
En ese caso, todo el mundo se siente
libre. No estamos hablando de una mentalidad colectiva que se imponga sobre el
individuo, sino de un tipo de mente que se ubica entre lo individual y lo
colectivo, armonizando lo individual y lo colectivo y promoviendo la coherencia
del conjunto. Se trata, por tanto, de una mente que se desplaza, al igual que
un río, desde lo individual hasta lo colectivo. Poco importan, en este sentido,
las opiniones personales ya que, a fin de cuentas, debemos mantenernos a la
misma distancia de todas las opiniones, comenzar a trascenderlas y aproximarnos
a una dimensión nueva y más creativa.
Lectura
opcional – importante, si hay algún tiempo extra disponible
El impulso de
la necesidad
Hemos hablado del diálogo, del
pensamiento, de la importancia de prestar atención a la totalidad del proceso
—y no sólo al contenido de los diferentes puntos de vista y opiniones— y del
modo de dar coherencia a todo eso. También hemos mencionado la forma en que
todo este proceso influye sobre nuestros sentimientos y estados corporales y la
forma en que afecta a los demás. El desarrollo de la capacidad de escuchar,
observar y prestar atención al proceso real del pensamiento, al orden en que
ocurre y advertir su incoherencia, es decir, aquellos puntos en los que no
funciona adecuadamente, resulta de capital importancia. No se trata, pues, de
cambiar nada, sino simplemente de ser conscientes. Es posible advertir la
similitud existente entre las dificultades que aparecen dentro del grupo y los
conflictos y pensamientos contradictorios que tienen lugar en el interior del
individuo.
En la medida en que hagamos esto,
iremos descubriendo que ciertos tipos de pensamiento desempeñan un papel más
importante que otros y que, de entre todos ellos, destaca la creencia en la
necesidad. Lo que es necesario sólo puede ser de un modo y no puede ser de
otro. Es interesante señalar que el término «necesario» procede de la raíz
latina necesse, que significa «lo que no cede», y que su significado
etimológico es el de «aquello que no puede ser evitado». El modo habitual en
que solemos afrontar nuestras dificultades es el de alejarlas de nosotros o el
de alejarnos nosotros de ellas pero, cuando aparece una situación insoslayable,
no podemos evitarla pese a nuestra necesidad, también insoslayable, de dejarla
de lado. Entonces nos sentimos frustrados, porque ambas necesidades son
absolutas y nos hallamos ante una situación apremiantemente conflictiva. Es
frecuente, por ejemplo, el caso en el que no podamos soslayar nuestra opinión
ni la de otra persona y lleguemos incluso sentir que esta última opera en
nuestro interior oponiéndose a nosotros, generando, de este modo, un estado de
conflicto. La necesidad da lugar a impulsos irrefrenables. Una vez que sentimos
que algo es necesario, se suscita en nosotros el impulso a hacer o dejar de
hacer algo. Y este impulso puede llega a ser tan poderoso que uno se sienta
compelido a hacer algo.
La necesidad es una fuerza tan poderosa
que puede terminar superando incluso a los instintos, como ocurre, por ejemplo,
cuando la gente actúa en contra del instinto de supervivencia individual. Todos
los conflictos que aparecen en un diálogo -tanto a nivel individual como a
nivel colectivo (y este matiz es importante)- giran en torno a la noción de
necesidad. Todas las controversias serias, ya sea en el seno de la familia o de
un grupo de diálogo son versiones diferentes de lo que creemos que es
absolutamente necesario. Porque, a menos que asuma esa forma, siempre es
posible negociar, decidir cuáles son las prioridades y adaptarse a ellas. Pero
el camino de la negociación se cierra cuando dos cosas se presentan como
necesidades absolutas. Cuando dos naciones dicen «tal cosa es absolutamente
necesaria», por ejemplo, se cierra cualquier posible vía de acuerdo en tre
ellas.
¿Qué podemos, pues, hacer cuando
aparece un enfrentamiento entre dos necesidades absolutas? Lo primero que
debemos tener en cuenta es que existe una tremenda carga emocional y, como
decíamos anteriormente, pueden surgir sentimientos muy intensos de enojo,
rechazo, frustración, etcétera. Nada podrá cambiar la presencia de una
necesidad absoluta porque, de una forma u otra, la persona creerá que tiene una
razón válida para aferrarse a ella o para odiar a quienes parecen interponerse
en el camino de lo que le parece absolutamente necesario. «Son tan obstinados y
estúpidos que se niegan a ver la evidencia», «es lamentable que tengamos que
matarlos pero es absolutamente necesario» para los intereses de mi país, de mi
religión o de lo que fuere.
No es extraño, pues, que, en el curso
del diálogo, afloren necesidades absolutas que choquen entre sí. La gente trata
de eludir este tipo de cuestiones porque sabe que el problema radica
precisamente ahí, pero es inevitable, si perseveramos en el diálogo, que, más
pronto o más tarde, eso termine apareciendo. El asunto, entonces, es qué
sucederá.
Ya hemos hablado anteriormente de lo
que puede ocurrir cuando el diálogo prosigue y la gente va cambiando de
actitud. En cierto momento podemos darnos cuenta de que todos estamos haciendo
lo mismo y de que, mientras sigamos identificados con lo que se nos presenta
corno una necesidad absoluta, no podremos hacer nada. Son tantas las cosas que
se ponen en peligro cuando nos aferramos a la noción de necesidad que tal vez
pudiéramos comenzar a liberarnos de ello cuestionándolo. Este punto, en mi
opinión, es crucial para renunciar al conflicto y poder adentrarnos
creativamente en nuevas dimensiones.
Pero ¿qué es lo absolutamente
necesario? El artista que se limita a seguir las necesidades ajenas será un
artista mediocre. El verdadero artista compone su obra siguiendo sus propias
necesidades. Para que una obra sea valiosa, los distintos elementos que la
componen deben estar articulados siguiendo su propio orden de necesidad. La
necesidad artística es creativa y en ella radica la libertad del artista que
hace posible la percepción creativa de nuevos órdenes de necesidad. No seremos
realmente libres hasta que no podamos hacer eso. Uno puede decir que hace lo
que le gusta y que sólo sigue el dictado de sus propios impulsos pero éstos,
como ya hemos visto, pueden originarse en la creencia de alguna necesidad
absoluta, como ocurre, por ejemplo cuando los países en conflicto afirman
seguir el impulso de ir a la guerra y eliminar a quienes se interponen en su
camino. Pero la libertad no consiste en dejarnos arrastrar por nuestros
pensamientos y, en consecuencia, hacer lo que nos gusta rara vez; conduce a la
libertad, porque nuestros gustos están condicionados por nuestros pensamientos,
y éstos, a su vez, se atienen pautas predeterminadas. Tenemos, por tanto, la
necesidad creativa —tanto a nivel individual como a nivel colectivo— de
funcionar grupalmente de un modo nuevo. Todo grupo que tenga problemas deberá
resolverlos creativamente y para ello no sirven las negociaciones y los
acuerdos al viejo estilo.
Considero sumamente importante, pues,
llegar a desenmascarar la creencia en las «necesidades imperiosas» en las que
se asienta todo bloqueo.
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